• 9 de jul

La verdad mentirosa

  • Xavier Velasco
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Ser novelista es entender que la verdad desnuda (¡esa degenerada!) no sobreviviría sin las patrañas que la hacen creíble.

¿Que si me creo las historias que escribo? ¡Pero claro, carajo! De otra manera perdería el interés a la mitad de la página 2. La fuerza principal de una novela nace de la vibrante convicción de que lo que uno cuenta es la verdad, en especial si para relatarla le hizo falta sacarse de la manga unas cuantas patrañas oportunas.

No es posible contar una verdad sin valerse de ciertas falsedades que cuando menos la hagan verosímil, tal como un reflector alumbrará los ángulos precisos de la escena para hacer resaltar lo que más interesa. Lo saben los chismosos y los calumniadores: mentiras y verdades se apoyan mutuamente para dar solidez a la narración. Como quien dice, para que te crean.

Aprende uno estas cosas a media adolescencia, cuando más ambiciona el privilegio adulto de mandarse solo. Siempre se está en problemas a los 16 años, hay que inventar historias, pretextos y coartadas al tiro, en tiempo real, no ya para salirte con la tuya sino mínimo ahorrarte la pena de ir a dar a la calle, como no pocas veces te advirtieron.

Mi madre solía ser sinodal quisquillosa en aquellos exámenes sorpresa. No exagero si digo que me agarró decenas de veces con los dedos en la puerta. Además de tener el olfato más fino de la comarca, disponía de un amplio repertorio de cepos, ratoneras y argucias variopintas para hacer tambalear, tropezar y caer cada mentira coja que le echaba yo a andar. Años después, cuando mi Suzuki Katana sin placas despertaba el instinto predador de los representantes de la ley —policías judiciales, los más temidos— descubrí que sus interrogatorios no eran más incisivos que los de mi mamá. Me temo que inclusive los hacía ver barcos.

Miro hoy con un respeto comparable a quienes imagino, en un futuro no sé qué tan próximo, leyendo la novela que estoy escribiendo. Pienso que, si otras veces conseguí engañar a mi progenitora o a la policía, podré embaucar impunemente a esos lectores. La ventaja es que, al menos en el caso de ellos y mi creadora, cuento en principio con su buena fe. Ser madre es debatirse cada día entre la suspicacia más severa y la credulidad más candorosa. Seguramente Alicia prefería contentarse con un terso tejido de patrañas a apachurrarse el hígado frente a la realidad cáustica y angustiosa de un hijo descarriado. ¿Y no era al fin aquella orfebrería verbal prueba de amor, respeto y deferencia?

Parte de la misión del novelista tiene que ver con diluir las fronteras entre la realidad y la ficción. ¿Dónde acaba mi vida y empieza lo inventado? ¿Quién de estos personajes es en la realidad mi hermana, mi enemigo, mi abuelo, mi mujer? ¿Qué es verdad? ¿Qué es mentira? ¿Cuál es la proporción entre una y otra? Si resulta que supe hacer mi chamba, todos esos equívocos presuntos habrán de irse conmigo tres metros bajo tierra. ¿Cómo, si no, podría descansar en paz?

Por lo pronto, tengo mucho quehacer. Una novela en curso —algo así como un western amazónico a manera de thriller mexicano— y una próxima clínica online: Mañas de novelista. De la primera es todo lo que por ahora me doy permiso de despepitar; la segunda no tarda en salir del horno. Si no se acaba el mundo de aquí a entonces, se abrirán inscripciones a mediados de julio, en este sitio web. Y ahora con su permiso me vuelvo a la cocina, no sea que se me tueste el sancochado.

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