La bruja de este cuento se hace llamar Violetta. Maldice la pobreza y repudia la piedad. Prefiere ser saqueada que socorrida, por eso saqueará a quien la socorra. No le dura el dinero pero es rica en recursos y sabe cómo ahorrarse los remordimientos. Tuerce y se hace torcer, según se ofrezca, igual que exprime y se deja exprimir. Tiene la sangre fría del buscavidas, el mimetismo de la cortesana y la desfachatez del pordiosero pro. No es que muerda la mano que le da comer, sino que la devuelve sin reloj.
Transformarse en Violetta era, diría mi abuela, como dar alas a los alacranes. Una promesa antes que una amenaza, desde la perspectiva del escorpión. Por lo demás, la bruja de este cuento sólo vuela de gorra y un alacrán con alas no se queda a pagar cuentas pendientes..
X.V.