- 29 de abr
Palabra de autobiógrafo
- Xavier Velasco
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Creo que siempre supe cómo iba a comenzar la historia de mi infancia. A los diez años ya pensaba en algún día escribirla, seguramente todavía perplejo de haber sobrevivido a primero y segundo de primaria sin volverme loco. ¿Se vuelven locos los niños? Algunos habrá, claro, y yo fui candidato. De cuantas cosas llegué a pensar que haría cuando al fin fuera grande, ninguna era tan seria —o tan obvia, o tan ineludible— como la de escribir el libro de mi niñez.
Tres décadas más tarde, cuando al fin me senté a garabatear, inevitablemente vino a mi cabeza el óleo que colgaba de uno de los muros de mi casa infantil. Una pintura entonces digna de horror, si he de decir verdad, pues en ella podía verse al niño inocentote que yo había dejado de ser, y era como si el cuadro me lo reprochara. Cada vez que escuchaba a mis padres hablar bien de mí, me torturaba pensarlos ingenuos.
Una vez decidido a escribir aquel libro que habíame prometido desde los nueve años, no dudé al elegir a su primer gran monstruo. Ladies & gentlemen: La Culpa. Me persiguió a lo largo de dos años horribles, en los cuales la vida escolar era un infierno y yo sentía que era mi castigo. Que me lo había ganado, cómo no. Es decir que para empezar la historia necesitaba agarrar al protagonista justamente en el hoyo —como a un ratón en una ratonera— y de ahí acompañarlo más, y más, y todavía más abajo, a lo ancho de dos años de espanto: una eternidad, a los ojos de un niño.
En todo caso no era una historia de horror, sino de salvación. Ese niño que al paso de los años oculté como a un pariente inconveniente, de pronto regresaba con una capa de héroe encima de los hombros. De modo que no solamente dejé de avergonzarme de él, sino que se esfumó de aquellas pesadillas recurrentes donde yo aparecía una vez más en el aborrecido salón de clases, ya adulto y sin embargo todavía cautivo de las circunstancias.
Hoy que trabajo en el desarrollo de una clínica de narrativa autobiográfica, me parece que al fin entiendo aquel fenómeno. Está uno en las garras de su pasado mientras no se da el tiempo de enfrentar a los monstruos que en su momento lo sobrepoblaron. «¡Aquí estoy, mequetrefes!», les grita cuando vuelve sobre sus pasos y se entrega a poner en orden sus recuerdos. Que es lo que hacemos cuando los relatamos. Establecer el antes, el después, el cómo, el hasta dónde, y paso a paso recobrar el territorio que en otro tiempo —cuando éramos cautivos del temor, la inexperiencia o la ignorancia— nos fue colonizado, torcido, arrebatado.
Contar tu vida es darle un sentido a aquello que nunca antes pareció tenerlo, puesto que ahora conoces el desenlace y ya no estás en medio de aquella turbamulta de ideas confusas, miedos gratuitos y sentimientos encontrados. «Es mi historia», te dices, pero la realidad es que le perteneces y el único camino para recuperarla es regresar a ella y poner orden ahí donde no había más que caos. «Esto fui» no es sino otra manera de decir «esto soy». De ahí que el primero de mis tres libros autobiográficos empezara por robarse las primeras palabras del poema de Sor Juana: Este que ves, engaño colorido...
Pocas veces tiene uno la sensación de estar en posesión de su destino. Una de ellas ocurre cuando escribe su historia y da la cara por quien una vez fue e irremediablemente sigue siendo. «Eres un sobreviviente de ti mismo», me dijo alguna vez un novelista amigo. ¿Y quién no lo es, al fin? ¿Quién más puede contar aquella historia, de la cual tiene el alma plena de cicatrices? Hasta hoy sigo pensando que contar esa historia de mi niñez fue la mayor derrota que alguna vez les infligí a mis monstruos: esa sucia pandilla de cobardes.
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En ciertas cosas nuestra niñez, la tuya y la mía, tiene similitudes a pesar de enormes diferencias. Yo soy de la última camada de nueve hermanos, y mi infancia transcurrió como en un anonimato. Estoy releyendo "Este que ves" y esperando el inicio de la aventura de enfrentar mis monstruos.
Uno se siente único, mientras es niño. No puede imaginarse cuántos de sus amigos tienen los mismos miedos, o son igual de cursis, o sufren en secreto. Gracias a ese libro he podido saber cuánto se parecía mi vida a la de otros niños que me rodeaban y al fin eran los mismos mocos asustados. Gracias por escribir, Adriana. Nos vemos el martes.
"Éste que ves" es sin duda una biografía entrañable, pero a mí, "El último en morir", me puso un espejo en frente. Nada como entenderse con la historia y ser cómplice del personaje. Fue ahí donde cobró vida el héroe y empieza el clímax de la acción.
Un abrazo fuerte. Nunca abandones el generoso oficio de escribir.
Creo que estoy de acuerdo contigo, Jaime. Si «Éste que ves» y «La edad de la punzada» parten de una pintura, «El último en morir» es un espejo. Dos tiempos, además, se miran entre sí. Abrazo de regreso.
Estimado Xavier. En tus libros encuentro muchas similitudes con pasajes de mi vida tal como lo comentaste en la primera sesión de la clínica. La gran diferencia es la manera de resolver las situaciones, no soy tan intrépido o insensato como tú comprenderás. Pero ese momento, en sueños recurrentes, donde estoy sentado en clase esperando por la aplicación de un examen y para el que no me preparé, es agobiante. En la vida real me sucedió varias veces y siempre salí avante por milagro y eso me hizo crear un exceso de confianza que hasta la fecha aplico. Creo que escribir sobre mis monstruos, y mira que lo que comenté es uno grande, me va a ayudar a ponerlo en su lugar al muy desgraciado. Saludos.